.las horas matan y luego mueren.


Marosa di Giorgio

Semblanza y cuento


















La mujer está de pie en una esquina, pasa un camionero y le grita una porquería. Mírala ahí, apretándose contra la pared, escandalizada...

Imagina el interior del país, es Salto y es Uruguay. Ella es escritora. Vive con su madre, una mujer de carácter fuerte, mandona y exigente, que quiere a su hija consigo, no la quiere desamparar.

Ella nació en el 1932 y murió en el 2004, ya puedes darte una idea.

Dibújate una caricatura mental, una mujer bien fea: labios pulpudos (que no es lo mismo que decir “pulposos”) pintados de un rojo violento. El pelo violeta, suelto y largo, tapándole el ojo izquierdo. La ropa de colorinches, abalorios y pollera demasiado corta. No es nada joven (que no es lo mismo que decir que es vieja; la edad es indiferente, pero no es una edad de las buenas).

¿Qué crees que puede escribir una mujer así?, ¿en ese tiempo, en ese lugar? Poesía, claro. Poesía en prosa, para ser más prolijos. Ajá, ¿y de qué tipo, estilo, etcétera?

Imagínala ahora en ese antro de intelectuales que fue el café Sorocabana, ya en la capital, siempre en la misma mesita redonda de viejísimo mármol, la mejilla apoyada en la mano gordezuela, las uñas de un rojizo diferente al de la boca, la sonrisa tristona. (Colorido expresionista.) Desde fuera parece que a su ventana le faltaran las macetas con helechos, los canarios en las jaulas, un brillo de sol plateado en el borde de la copita de anís...

Pacata hasta decir basta: «¡Ay, S., no me digas esas cosas!» El bueno de S[1]. solo le había hecho una broma sobre la fijación del camionero, tal vez algo sobre sus piernas o su llamarada capilar...

Lo dicho: ¿qué crees que puede escribir una mujer así? Pero, ¿y uno qué sabe? En caso de dejarnos llevar por las apariencias no llegamos a parte alguna. O sí. O ni idea.

Aquí va una muestrita de sus meandros expresivos. Que te aproveche.

El lobo[2]

Marosa di Giorgio, Los papeles salvajes, 1979.

«Cuando nació, apareció el lobo. Domingo al mediodía, luz brillante, y la madre vio, a través de los vidrios, el hocico picudo, y en la pelambre, las espinas de escarcha, y clamoreó; más, le dieron una pócima que la adormecía alegremente.

El lobo asistió al bautismo y a la comunión; el bautismo, con faldones; la comunión, con vestido rosa. El lobo no se veía, solo asomaban sus orejas puntiagudas entre las cosas.

La persiguió a la escuela, oculto por rosales y repollos; la espiaba en las fiestas de exámenes, cuando ella tembló un poco.

Divisó al primer novio, y al segundo, y al tercero, que solo la miraron tras la reja. Ella con el organdí ilusorio que usaban entonces las niñas de jardines. Y las perlas, en la cabeza, en el escote, en el ruedo, perlas pesadas y esplendorosas (era lo único que sostenía el vestido). Al moverse, perdía algunas de esas perlas. Pero los novios desaparecieron sin que nadie supiese por qué.

Las amigas se casaban; unas tras otras, fue a grandes fiestas; asistió al nacimiento de los hijos de cada una.

Y los años pasaron y volaron, y ella en su extrañeza. Un día se volvió y dijo a alguien: “Es el lobo”. Aunque en verdad ella nunca había visto un lobo.

Hasta que llegó una noche extraordinaria, por las camelias y las estrellas. Llegó una noche extraordinaria.

Detrás de la reja apareció el lobo; pero apareció como novio, como un hombre habló en voz baja y convincente. Le dijo: “Ven”. Ella obedeció; se le cayó una perla. Salió. Él dijo: “¿Acá?” Pero, atravesaron camelias y rosales, todo negro por la oscuridad, hasta un hueco que parecía cavado especialmente. Ella se arrodilló; él se arrodilló. Estiró su grande lengua y la lamió. Le dijo: “¿Cómo quieres?”.

Ella no respondía. Era una reina. Solo la sonrisa leve que había visto a las amigas en las bodas.

Él le sacó una mano, y la otra mano, un pie, el otro pie, la contempló un instante así. Luego le sacó la cabeza; los ojos (puso uno a cada lado); le sacó las costillas y todo.

Pero, por sobre todo, devoró la sangre, con rapidez, maestría y gran virilidad.»

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