.las horas matan y luego mueren.












La fuerza sugestiva de la fenomenología lunar, su carácter nocturno, su mutabilidad repetitiva que establece la ley del ciclo, han constituido siempre “uno de los más importantes arquetipos de la estructura psíquica del hombre”. Fue fácil unir la belleza de su luz con el sentimiento y la inspiración, el paisaje nocturno con el romanticismo y el sueño, su forma esférica y rellena con las redondeces femeninas, el fenómeno de las mareas con la soberanía sobre las aguas (lluvias y mareas están sujetas a ritmos, por consiguiente son lunares), etcétera.

Sus fases, que se agotan en poco más de veintiocho días, establecían una relación natural de analogía, y por ello de dependencia, con el ciclo menstrual femenino; por esto fue obvio deducir que quien dice “Luna” dice “Mujer”, “madre”, “fertilidad”, etcétera.

Siempre se ha creído que la Luna influía sobre los nacimientos, el momento de la muerte, las cosechas, la fertilidad de la tierra, el clima, la lluvia y hasta los terremotos.

Por todos estos motivos, la Luna, además de benigna, tomó también un aspecto de diosa cruel y destructora.

Además, desde la Antiguedad, se decía que este cuerpo celeste influía en la psiquis del ser humano, en sus cambios de humor, en sus instintos irracionales, en los estados psicóticos en general y de locura en particular.

Así, de vez en vez, la Luna fue adorada y temida. Aunque fue considerada generalmente benigna, causa de abundancia y de inspiración, también aparecía como cruel y sedienta de sangre, una verdadera “luna asesina”.

“La Luna nutre a las ostras, llena los erizos de mar, da carne a las conchillas y al ganado…”, dicen estos versos de Lucilio, pero Shakespeare agrega: “Es culpa de la Luna; cuando se acerca más a la Tierra, torna locos a los hombres”.

Y he aquí a la diosa-Luna fenicia Anath, que mataba por el placer de matar, o las Lamias, demonios femeninos que, según las leyendas populares griegas, podían asumir un aspecto bellísimo y de noche succionaban la sangre de los hombres y comían su carne mientras ellos dormían.

Ellas también eran conocidas con el nombre de Marmolyceia (Iobas espantosas) o con el de Empusas (”que se introducen por la fuerza”) e indicadas como las hijas de Hécate. “Un bajorrelieve helénico muestra a una Lamia desnuda, montada a horcajadas sobre un viajero que se había dormido en posición supina, Es característico de las civilizaciones en las que se trata a las mujeres como bienes muebles que deben adoptar la postura recostada durante el coito. Las hechiceras griegas, que adoraban a Hécate, preferían la posición arriba, y esto lo sabemos por Apuleyo, Malinowsky escribe que las muchachas melanesias se reían de la posición denominada ‘del misionero’ porque indicaba pasividad y condescendencia” (Graves y Patai: “Los mitos hebreos”).

El dualismo lunar ha tenido siempre una faz adorada y otra temida por la humanidad, y las mujeres, identificadas con la Luna, aparecían alternadamente como inspiradoras o demoníacas, brujas o vírgenes. En el período en que a ellas se les confiaba preferentemente la agricultura, fue natural que naciera “la veneración de la Tierra-Madre y, al mismo tiempo, la especial mitología lunar que considera mujer a la Luna. Los dos mitologemas, el de la Tierra-Madre y el de la Luna-mujer, entran en relaciones recíprocas”.

Además, las mujeres cumplían el papel de herboristas, nodrizas, parteras, sibilas y sacerdotisas. Mutables, intuitivas y sensibles, eran las legítimas representantes del sacerdocio, entendido como nexo entre el hombre y la divinidad.

La luna como símbolo de inestabilidad y locura…









तोड़ो एस कल्प दे एल्ला

मिएर्दा करजो


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